Adriana Ottone llegó, a la Patagonia a fines de los 60 buscando en esta tierra de leyendas, misteriosa y lejana ( este pueblo no figuraba en los mapas ), “tiempo" para poder hacer a sus anchas lo que más le gustaba: dibujar y pintar.
 Pero también añorando una naturaleza virgen con la cual convivir, hundiendo, la pala en un suelo pleno de promesas, cultivando una huerta y un jardin. Anhelando tiempo para leer, para contemplar, para compartir junto al fuego con los otros que vinieron buscando lo mismo, y hombro con hombro, ayudarse a pasar los inviernos, a construir sus cabañas, a amasar su pan y a hacer su vino.

Así calzó su mochila y sus botines, y dejó atrás la gran ciudad con sus seguridades y sus luces, con sus comodidades y su smog. 
Allí quedó el querido maestro Demetrio Urruchúa y su taller, la Asociación Estímulo de Bellas Artes, las salas de exposición y los museos, el Teatro Colón y la cultura, los colectivos, el subte y todo el mundo conocido.
Nunca se arrepintió. En medio de la belleza sobrecogedora de los vastos escenarios patagónicos encontró un lugar especial, El Bolsón, pequeño pueblo que tenía por aquel entonces junto con las comunidades vecinas unas 2000 personas...

En ese valle encantador, cuyo paisaje humano es tan rico como sus chacras y los bosques que lo rodean, vivió y concretó sus sueños. Su amor por esa naturaleza quedó plasmada en su obra, fuese ella un rostro o un fruto o un paisaje de esa tierra.

Allí sigue, siempre en la búsqueda de una mejor manera de expresar la maravilla que la rodea y que ella vive como el Misterio de la vida manifestado en belleza y allí continúa construyendo junto a tantos otros esta Patagonia de cuentos, de la que estamos tan orgullosos.